La historia de una cena vino a vino
Avisamos con dos días. Queríamos celebrar una cena que ya hacía muchos años que no teníamos y eso creo que lo entendieron en el Llantén. Independientemente de que nos conocen, de que este post puede ser lo más subjetivo del mundo blog, he de deciros que quien me conoce sabe que disfruto y por tanto disfruté de cómo nos recibieron, cómo nos atendieron, qué nos sirvieron y qué bebimos. No se puede prestar más atención.
Para aquellos que piensen que esto es jabón les diré que es posible pero también que si no nos hubieran tratado como lo han hecho siempre, hubieramos ido a otro sin pensarlo porque al final se nota si en todo lo que rodea a una velada hay pasión. Menú largo, carro de quesos, cervezas, ginebras y gintonics. Todo acabó un miércoles a las tres de la madrugada.

Si se sigue el protocolo y alguien se preocupa por ello, diré que era una mesa imperial, con dos centros donde había pan de un pueblo cercano a Ponferrada, de masa madre, traído para la ocasión. Mojamos pan en el aceite, y en cada uno de los platos. El primer vino un 9 Sobresaliente, fresco, ligero, pálido, con sólo 9º de alcohol, una verdadera delicia para charlar antes de sentarnos.
Siguió un gazpacho de remolacha, un paté delicioso de caza, lo que creo es una versión de morteruelo y que es adictivo. Con estos aperitivos y acompañando también a un ravioli de chanfaina y espuma de patata una cerveza de trigo fabulosa, la Weihestephaner, turbia y perfecta de temperatura.

Seguimos con una vieira con cardo y almendras perfectas de cocción aunque un punto sabrosas que Minerva nos maridó con una manzanilla Pastrana. ¡Qué manzanilla!, y eso que no soy de los que las toman a menudo por su sequedad y porque, por qué no decirlo, no es mi vino preferido....salvo este, ¡Vive Dios!.
Para un San Pedro con alcachofas y guiso nos trajo un Naiades 2005 de Rueda, momento en el que nos pusimos a llorar, lágrimas por la textura del pez y de la factura del plato y lágrimas por el vino, fresco, con un punto graso al tacto de la lengua y que impresionó a todo el mundo.
Un Dominio Valdelacasa 2005 de la bodega Frontaura, con la aportación de Ángel Anocíbar de Abadía Retuerta, una marca de Toro con un potencial económico detrás que asusta pero que no por ello desmerece el producto.

Joven, con unos meses de barrica, afinado, sin abusar de la madera, perfecto para un arroz con liebre en dos tiempos. Arroz seco, en su punto, acompañado de la guarnición que era la pata deshuesada y guisada, el lomo poco hecho y verduras.
Es un plato que quizá admitiría que el arroz fuera caldoso, o que la carne se sirviera en la cazuela o qué sé yo, pero que se resolvió de una manera acertada y del agrado de la mayoría.
Para el último plato, un jarrete de cerdo lacado y cocido a baja temperatura, un Rioja San Vicente 2001 Mágnum. Mi primera pregunta fue, ¿Rioja?. Me pareció completamente distinto a todo lo que se hace, un vino delicioso, de una acidez que hace pensar que bien aguantaría unos años más, un vino genial que sabía a vainilla, a fruta roja, que maravilló al paladar por ser terciopelo. Tanto es así que no quisimos retirar la copa hasta no acabar el último trago.

Para los quesos, que Javi nos preparó con absoluta escrupolosidad, donde había franceses de cabra que habían traído de su maravilloso periplo parisino, manchegos, castellanos, de Mahón y de Valdeón, Minerva nos abrió un Oporto blanco Noval, que tuvo disparidad de opiniones, unos querían seguir con el tinto y otros, yo entre ellos, preferimos el oporto por ser ligero, porque tras masticar los quesos mi lengua se queda tapada y necesita que haya algo dulce pero con un punto ácido que haga que pueda encontrar nuevos matices al lácteo y al vino.

Dos postres, el primero de eucaliptus, era una golosina que cortaba todo el trasiego de los anteriores platos, un marcapáginas para esta historia que acompañamos con un Fritz Haag Brauneberger Juffer Riesling Spätlese 2003, fresco, ligeramente dulce pero marvilloso.
El segundo un "Babá" con requesón y lavanda que para mi fue uno de los platos de la noche, y que acompañamos con un moscatel navarro, Capricho de Goya, que fue una sorpresa para quienes somos remisos a vinos tan contundentes. ¡Qué moscatel!
Tras todo esto, unos gintonics de ginebra Citadelle, ginebra que desconocía y que fue el trago para terminar esta traca.
Varias cosas saqué en claro, la primera que mis amigos y amigas son unos triperos de primera, gente a la que se puede invitar, aunque se les abran latas porque dejarán el plato limpio. La segunda es que Llantén es el restaurante que todos soñábamos para un Valladolid insulso. Una noche en la que las temperaturas de los platos se cuidaron a la perfección, en la que hubo ritmo, sentido común y en la que gracias a la cocina y a la sala nos juntamos unos cuantos y fuimos, por qué no decirlo, tremendamente felices. Así sí que me gusta comer. ¿Y a tí?
makeijan dijo
Menudo saque... Sólo la primera foto ya es lo suficientemente representativa... ;-)
16 Enero 2008 | 11:50 PM