Rafa y Elena siempre guardan los tapones de los vinos tomados en compañía. No siempre nos sorprenden, los vinos, pero la compañia que nos hacen durante la comida a veces supera la que nos hacemos entre nosotros.
Los que tomamos en El bulli fueron un Gran Claustro Gran Reserva 2001 Mágnum absolutamente delicioso. Una añada de la que apenas quedan botellas y que en Vila Vinateca las anuncian, las de 75cl, como para coleccionistas. Creo que aún hoy me perdura el gusto que dejó. Ya nos dijo el sumiller que era el buque insignia de la bodega y vaya que lo era. Nos decantó el botellón, lo dejó airear y mientras, nos adjuntamos un mágnum de Agustí Torello Brut Nature Gran Reserva del 2000, de perfecta burbuja y acidez que como bien dice Oscar, del excelente Blog Sobre Vino, "incita a seguir bebiendo". Nosotros nos la bebimos con la desazón de que aquella se acabaría pronto, de que el cava mimaba los platillos que se sucedían delante de nuestros casi desorbitados ojos, pero que ahí estaba el Gran Claustro, esperándonos en el exclusivo decanter DOMINUS MAGNUM de Riedel. Viene el vino. La primera reacción fue de "vaya, le falta un poco más de aireación, pues esperamos, total, ¡aún queda cava!. A los 20 minutos comenzamos con el vino. Sin palabras, yo creo que el vino, un año más en botella, estaría aún mejor, pero bueno, quizá me equivoque y sea un listillo. El vino se adueñaba de la boca pero como la piel de melocotón, al final tiraba de ti y de tu mueca con forma de sonrisa. Recuerdo esto porque estábamos en una esquina y nos mirábamos a cada sorbo, con las cejas enarcadas. Ya he dicho, persistente, delicioso.
Luego, para el postre, nos trajeron, a petición, un Casta Diva cosecha miel, para mí, uno de los mejores vinos dulces del país.

Los otros dos vinos han caído este fin de semana. En lo que se puede llamar la inaguración de mi terraza 2007, tomamos un mágnum de Pazo de Señorans 2005, del que Minerva de Llantén me habló maravillas y que yo me traje de Galicia hace unos meses. Fresco, de acidez contenida pero como con el cava sucedía, este incitaba también a seguir bebiendo. No es un mar de flores pero es que a mí, los afrutadísimos, no me emocionan.
El tinto elegido para la ocasión es sudafricano, un rabioso y sin domar Baron Edmond 2001 Vintage de la bodega Rupert&Rothschild. Tremendo, opaco y alcohólico. Todo junto, nada más abrirlo fue una bofetada pero luego fue un vino sabroso y muy equilibrado. Frutas maduras, buena acidez y peso, mucho peso en boca, vamos, que en vez de beberlo había que casi dar bocados. Pues bien, estos dos vinos nos los bebimos rodeados en un primer término de butifarras de la Botifarrería de Santa María de Barcelona, queso de Mucientes, aceitunas de Aragón con tomates secos hidratados y aceite de oliva virgen extra arbequina y con la reina de la sobremesa: una caldereta de bogavante que me dío por hacerles en vista de las injurias que dicen por ahí, estos que se consideran mis amigos, de que en mi casa sólo se abren latas. Puedo decir, y seguro que no me equivoco, que ambos vinos se "ajuntaron" perfectamente con los diferentes embutidos, quesos y guisos.
Aún quedan tardes y sobremesas para pasar en la terraza. Y vinos. Luis y los que por allí han viajado, nos han hecho una pequeña bodega. Lástima que le destinen a Moscú aunque tiene sus alicientes. Espero que para entonces se haya echo ya una ruta y qué diablos, que conozca el caviar y el wodka como los trámites de un visado.

**Gracias por la foto del cava, Oscar.