En la última planta del Museo de la Ciencia de Valladolid, Jesús Ramiro ha abierto Ramiro's.Un restaurante desde el que las vistas al río son espectaculares, si es que miras hacia la ciudad; al otro lado, justo debajo, está la M.
El ambiente es acogedor, aunque sí echo en falta haber pensado más en la acústica, el sonido reververa cuando hay clientes. (Esta lección de acústica la aprendí al ver la labor de arquitectos e interioristas que levantaron La Broche en la calle Miguel Ángel donde no se escucha a nadie de al lado.)
Si alguien quiere ir al excusado ha de bajar dos plantas en ascensor-¡como para unas prisas!- y si se quiere ir a la cocina,una, aunque quizá, esto en vez de ser un handicap es un acierto, ya que la impresión que tengo del ambiente del restaurante es el de ser un escaparate para dejarse ver.

La atención fue buena salvo por el detalle del transporte de los platos. A estas alturas, hacer malabarismos con tres lozas me parece un atraso y más cuando uno de los camareros los transportaba sandungueramente, presentando un claro sindrome del camarero bailón. Justo al lado de los comensales hay mesas de apoyo donde depositar las bandejas con los platos y servir uno a uno a los clientes.
La mesa estaba bien vestida, con manteles de hilo, copas Riedel y vajilla variada y de buena calidad.
Nos decidimos por el menú degustación, no por ser triperos, que es lo que se suele pensar por estas tierras, sino por ser una manera de adentrarnos en la cocina de esta joven promesa, mejor cocinero de Castilla y León y campeón del concurso aceite de Jaén en el congreso LMG. La cocina me pareció ecléctica, si bien no creo que sea la línea a seguir, tan sólo llevaban dos semanas abiertos. Lo que sí eché en falta es algo que creo que es un error y es el no aprovechar los productos de la región para armar una carta con estilo propio e inmersa en el centro de Castilla, es decir, al más puro estilo Agulló, una carta con dos cojones. Pido disculpas por esta vulgaridad pero este abandono del terruño no puede ser bueno.
Comenzamos con unos chips de yuca y una ensaladilla de atún anodina. Luego siguió un atún con patata al mortero. Delicioso y jugosísimo el atún y fatal la mezcla con la patata repleta de ajo que anestesió nuestros paladares. Siguió una pizza, con dos langostinos equilibristas y una masa gomosa. Un plato que podría haber sido un acierto por lo que tiene de lúdico esta especie de deconstrucción y que es un fiasco vistoso. Seguimos con un bacalao con una miniesferificación de jamón, pisto y puré, muy bien de punto y jugoso, y unas carrilleras de vacuno jugosísimas y escasas de salsa que no de mascarpone e higos. Estos dos últimos ejemplos son hijos del ronner y reflejo de algo que explica perfectamente el Gourmet de Provincias en su blog titulado "¿Todavía hay alguien que no cocina a baja temperatura?". Un arroz con leche bastante flojo y un melocotón con fresa y sopa de queso de cabra "sofisticado".
Esto fue lo que me dijo el camarero: "el arroz con leche mejor, ¿no?, este otro es más sofisticado". Un comentario desafortunado y que deberían borrar de su argumentario porque quizá yo no sepa de sofistificaciones, ¿o quizá sí?.
Café y petit fours que acompañamos, como toda la cena con un Torello Gran Reseva Brut.

Quizá acudimos pronto al encuentro de esta novedad dentro del ambiente vallisoletano y deberíamos haber esperado a que tuviera unos meses de rodaje. Volveré y confío en el buen criterio y curriculum de Ramiro, si es que no se arredra y se acomoda a la rutina e inmovilismo de la cocina de esta ciudad.