Lo bueno de los cuñados/as es que si van de viaje traen cosas y normalmente son comestibles. Yo encantado y mi santa ni os cuento. Aunque ya el culmen es si tienes cuñados/as que provienen de León y me traen cecina y vino o si vienen de Canarias y cargan la maleta de queso o si se les ocurre vivir allí, que puede ser allá porque cuando dicen que están quietos resulta que ya no están donde decían y así se pasan la vida, viajando y pensando en este pobre gourmet. Estos dicen que están ahora en Holanda. Vale. Pero claro, se van a Bélgica, que está a un paso, y piensan que en vez de contarme que es muy bonita y llena de estudiantes y parlamentarios, que les gustan los mejillones y esas cosas, me traen chocolate de Pierre Marcolini. Una tableta de negro y otra de blanco. Realmente apabullante el sabor de ambos. Si muchas veces, cuando vemos en la etiqueta "mínimo 85% de cacao" pensamos que es muy amargo, resulta que pruebas este y te quedas pensando en qué le ponen los otros para que no sepa igual. Delicioso. ¿Y qué decir de los chocolates blancos?. Pues que te tomas el que anuncian y cuando has mordido te das cuenta que tu dentadura pide auxilio, hay algo que se la está comiendo, ese azúcar que no se va salivando y que empalaga. Este, sin embargo, es todo lo contrario. Es muy agradable en boca y nada empalagoso. Además, te deja un regusto a vainilla y mantequilla, como diría un antiguo profesor de religión que tuve, "inefable".
Así que ya sabéis. Hay que educar a los cuñados y cuñadas para que se acuerden de uno.