Arola Madrid por Ángel Palacios
Ir de tapeo supone en muchos casos el tener que abandonar la idea de terminar la noche en una coctelería. ¿Por qué?. Pues sencillamente porque el hedor a fritanga del tres al cuarto es una falta de respeto para los que estarán a tu lado disfrutando de un gin-tonic. Lo que más gracia me hace, que es ninguna, es que solemos ir a estos antros como auténticos adictos al olor a aceite requemado, a juego con las estalactitas que cuelgan y sobresalen de la campana extractora . Antros que en muchas ocasiones son de postín y que no reparan en gastos a la hora de elegir vajilla pero sí cuando hay que reformar el sistema de extracción. Allá ellos y nosotros. No hay nada más humillante, para mí, que alguien aspire con intermitencia por la nez cuando pasa a tu lado.
El caso es que tras una mudanza interminable, una conexión telefónica que no funciona ni llega, unos electrodomésticos que quizá sean de platino porque no están en mi cocina aún, un viaje a tierras lejanas cancelado por imperativo temporal y demás desgracias que no vienen al caso, nos fuimos a Madrid a darnos un pequeño homenaje y saludar a Ángel Palacios, un auténtico número uno rescatado por Sergi Arola y puesto al frente de los Arola, entre ellos el Arola Madrid sito en el Reina Sofía.
Ángel fue la mano derecha y la izquierda de Sergi en La Broche, más tarde marchó a Miami, junto a Sergio, para montar la sucursal de la Broche, proyecto que hizo correr bulos por los mentideros gastronómicos y que en realidad no fue más que diferentes modos de entender este mundo. Aún así, nadie puede decir de Palacios que sea un trepa o un arribista. Posee una técnica envidiable y un registro de sabores de ayer y de hoy que le convierten en un valor a tener en cuenta en este país, algo que sí hicieron en los EEUU.
En el Reina Sofía se siente bien, feliz, y eso se nota. El Arola Madrid es un restaurante sin parangón y que si se encontrara en Londres o N.Y. sería portada día sí y día no en todos los magazines. La comida es de primerísima calidad: la presa es sabrosísima, la mousse de foie adictiva, los mini bocatas de calamares divertidos y faltos de grasa, y así un sinfín de tapas de toda la vida que se reciclan sacando de ellas todas sus virtudes. Un servicio rápido, profesional y tremendamente amable hace que pases un rato muy agradable, entre Jazz de fondo, que en ningún caso molesta, como sí lo hacen los tremendos hilos musicales que suenan en otros lugares muy en boga.
Claro, que tras el festín de tapas no me sobró tiempo ni espacio y he quedado ya en ir a probar sus segundos, sus arroces de mañana, sus paltos “recombinados” y quizá a tomarme un cóctel o un gin-tonic en uno de los lugares que últimamente me ha llamado más la atención en Madrid y que el sábado por la noche estaba de bote en bote, como todo los días, según me cuentan y eso que para muchos el precio puede parecer elvado pero que creo que se ajusta al entorno, a lo que comes y cómo está lo que comes. Y sin oler a aceite de palma.
bob dijo
Roberto, dear,
tuve la suerte de cenar allí con nuestros comunes amigos y de ser agasajado por Angel. Una maravilla. Totally agreepina with you.
Enormes besos.
20 Diciembre 2005 | 11:45 AM