Es posible que en este blog, dedicado a la abundancia y al hedonismo, no debiera incluir este tipo de referencias al antónimo: el hambre, pero es algo que me debo, por higiene y por justicia.
Mi incursión en África fue al país más bello y más desolador que conozco. Si véis la foto del nacimiento del Nilo Azul, en el lago Tana, con esta cantidad de caudal, jamás lo relacionaríais con Etiopía, país que se muere de sida, de sed y de hambre. Aunque claro, siendo blanco no te afecta más allá de una semana, en la que te haces de acero e impenetrable. Es más, llega a molestar tanta inmundicia, pues tú, un europeo sano y bien comido, pasas a ser el objetivo de todas las miradas.
Muy curioso es ver los sacos y los botes vacíos de comida USA, que ellos utilizan para transportar agua o cocinar, por no contar las garrafas de pesticidas empleadas para el mismo uso.
Deprimente es también, encontrarte en una de las maravillas del mundo como es Lalibela, lugar turístico, donde entran miles de dólares, y ser el sitio más pobre y con más hambruna que yo haya visto.
Los menos afectados por el hambre son los curas coptos que regentan las iglesias, como ocurría, no hace muchos siglos, en este occidente infeliz pero empachado, con los curas cristianos.

A pesar de todo, siempre tienen tiempo de prepararte un té aromatizado con cardamomo, canela, pimienta, jengibre,....; o de organizar una ceremonia del café, tostado al momento, de aroma y sabor inimaginable, acompañado de palomitas de maíz, todo después de haberte comido una inyera.

Recuerdo un pueblo remoto, donde probé uno de los mejores pasteles que he comido en mi vida: sabía a leche merengada. En Arba Minch disfruté, hasta tal punto que repetí, de una deliciosa tilapia frita, marinada con jengibre y ajo, regada con una magnífica cerveza etíope, la Bedel. Los pescadores se la juegan entre hipopótamos y cocodrilos, con el agua por los tobillos, vareando el agua de tal manera que asustan a los peces dirigiéndolos hacia los anzuelos que tienen unidos por sedal formando un arco.

Ya en la capital, Addis Abeba, existe un restaurante italiano, el Castelli, donde hacen unos raviollis de ricotta y unos tallarines al nero di sepia deliciosos. Restaurante que parece recortado de cualquiera de las calles de Sicilia y que ha sido engastado en el centro de un broche de chabolas.
Por esto, para mí Etiopía es un rostro con tres miradas, como titulan Javier Gonzálbez y Dulce Cebrián su libro, aunque ellos no se refieran a estas, mis miradas: la del turista empachado, la del etíope hambriento y la del alma, esta última la peor, pues tan limpia como la dejas, brilla, y el destello hace que te coloques tus Rayban y ensanches, de tan buena obra, como es la de dar un bolígrafo o una oreo al saco de huesos andante que viene de frente a ti. ¡Te has convertido en tu propia ONG, sin la necesidad de cuotas de apadrinamiento!

Sería un buen lugar para las andanzas de Kip Parvati. No le iba a faltar tajo. Quizá, si fuera un tipo de nuestra época, escucharía mientras camina aquello que cantaba Ibrahim Ferrer, quien nos ha dejado, para cantarnos junto a los hambrientos, aquello que dice:

"No oirás de mí ni un lamento ni una queja
aunque me estén matando mil congojas.
Prefiero una y mil veces que te vayas
porque de ti no quiero ni la gloria"