Parlones
Cada vez me aburre más ir a sitios en los que sólo ingieres comida. Sitios, de alto y de bajo caché, populosos o no, que normalmente tienen fama y que en vez de dar de comer suministran mercancía a los clientes. No hablo de bares de tapas, ni de barras de pintxos a las que acudes en romería para darte un respiro o como anticipo de cena o simplemente tentempié.
Hablo de restaurantes que equivocan el significado de sobremesa y lo traducen por pérdidas. Claro. Ellos doblarían la mesa.
Comprendo la incomodidad de un camarero que tiene que quedarse a que el cliente se levante, pero esta responsabilidad no corresponde sólo a él sino al empresario que no organiza su comedor.
La sobremesa se debería incentivar. Recuerdo grandes sobremesas después de magníficas comidas, caras o ajustadas de precio. Y es curioso pero sólo las recuerdo cuando han sido buenas. Cuando no lo han sido recuerdo mi huida.
Hoy, leyendo una entrevista a Javier Rioyo, publicada en Vino+Gastronomía, y sin yo conocerle, creo que es el prototipo de parlón con el que me engancharía en una buena sobremesa.
A lo mejor, le llevaría a las Batuecas, a comernos unos callos con tortilla, si fuera invierno; si fuera verano quizá a Casa Salvador, a comer un arroz a banda en su terraza, o cualquier día de pintxos por Valladolid.
Aunque según cuenta, no se achantaría ante una comida en el Bulli, ni en cualquier otro sitio de cocina de autor. Imagino que se referirá a esos restaurantes que no son malas copias o "chuchesrestaurantes" como los denomina, en un magnífico artículo en la misma revista, Alfredo Franco.A la espera de confirmación de cena-coctelera permanezco, aunque sé que la espera va a ser buena pues la sobremesa va a estar repleta de parlones.
Joaquín dijo
Completamente de acuerdo ¿Y qué me dices de los restaurantes "con turnos"? Esos en que no puedes pasarte de una hora y media para comer porque viene el siguiente turno ¡Les odio! Claro, ahí olvídate de una buena sobremesa y un patxarán...
Me parece absolutamente desagradable que te estén trayendo los platos a toda prisa, que te retiren los cubiertos cuando a lo mejor todavía hay pan para seguir mojando o, peor aún, cuando te traen el segundo y tú no has terminado el primer plato.
Hace poco estuve en uno así, donde tuve que parar al camarero y preguntarle a qué venía tanta prisa. Sobre todo porque si me vas a clavar 20 euros por un triste entrecot medio requemado, al menos tengo el derecho a conversar y comer con calma ¿no?
7 Junio 2005 | 10:49 AM