¡Manda huevos!, por favor.
Dos días llevo viendo las noticias y dos días con el mismo reportaje sobre los huevos fritos. Que si con la yema aparte están mejores, que si con poco aceite, que el preferido es el de toda la vida, que si con puntilla o canesú, .... .

Lo que no he oído es si los huevos deben de ser de gallinas en libertad - de estos de la finca Torre Jirauta he oído maravillas-, si los del súper saben a algo, si los hay ecológicos y si da lo mismo blancos que marrones.
Mi experiencia me dice que no los hay mejores que aquellos que comía cuando visitaba a mis abuelos. Todas las mañanas salía al corral -ahora se llama patio o jardín- y buscaba los huevos recién puestos de cuatro gallinas ponedoras que tenían. Las gallinas pululaban con total libertad, comían trigo, mondas de lechuga, hierbas, brotes y todo aquello que ellas determinaban que estaba rico. A mi me gustaba untar la yema con un pan de cantero. Untaba levemente la miga prieta y masticaba hasta sacarle todo el gusto. Luego dijeron que lo de masticar mucho es muy sano, ¿seré un visionario?. ¡Ja!
Ahora engullo el pan y apenas saboreo nada. Unas veces porque ando con prisas y todas porque no hay nada que saborear. ¡Si no fuera por el aceite de oliva virgen extra con el que los frío!.
Cada uno que elija el que más le guste, la manera de hacerlo y con qué acompañarlo. Dos huevos con foie, o con trufa, o con chorizo fresco y frito, o con tomate casero, o con refrito de pimentón o solos. No sé cuantos huevos fritos, o tortillas comemos a la semana pero calculo que unos seis. ¿No merece la pena gastarse un poco más y comprarlos buenos?. Aunque vengan con la leyenda impresa y parezcan que los hacen en una factoría china.
Cuando vuelvo al pueblo busco a Juanita, excelente cocinera, mejor chacinera y quien todavía mantiene sus gallinas ponedoras. Me da vergüenza y no se los pido pero sé que algún día venceré mi miedo y le diré: Juana, ¡mándame unos huevos!, por favor
Ayla dijo
¡Manda huevos que ahora los huevos no sepan a huevo! Me parece estar viendo aquellos huevos, recien puestos, todavía calentitos pues a veces había que espantar a la gallina, con los que en mi niñez difruté.
Cuando recorro algún pueblo perdido de la Meseta Castellana, todavía, cada vez menos, veo esas gallinas rojizas, negras, en plena libertad. Es cuando siento la imperiosa necesidad de segurilas para descubrir a su ama, a su Juana, y rogarle que me venda una docena de sus "huevos de oro"
31 Marzo 2005 | 11:52 AM